“¿Por qué no podemos ser deseadas?”: mujeres trans en Argentina

Kristina Eva tiene 47 años y da clases de historia en el Instituto Monseñor Terrero. Se separó de dos mujeres con las que tuvo dos hijos: uno de 10 y otro de 21. Vive con su hermana y su hijo menor en una casa de La Plata. Es acuariana y se ríe mucho. Ceba mate dulce con sus uñas largas pintadas de violeta y se acomoda su pelo largo por atrás de la oreja. Entonces se le ven los aros blancos y rosas.

“Papá, quiero pochoclos”, le dijo un día su hijo en la entrada del cine. La gente miraba, no entendía. Ella ya está acostumbrada a los cuchicheos y no le importan. Tampoco le importa que su hijo le diga papá. Prefiere, siempre, que se sienta bien, que no sufra.

En la escuela del chico eligieron decir que ella es la tía. El día en que los padres tuvieron que ir a hablar sobre sus profesiones, su hermana le dijo que fuera ella porque iba a tener más cosas para contar. Entonces Kristina se paró enfrente de todos y habló de sus clases de historia mundial. El resto de los padres y los maestros quedaron sorprendidos: nunca antes habían escuchado a una travesti hablar así.

Cuando en el terciario se enteraron que Alejandro ahora era Kristina, nadie le dijo nada, pero cuando se fue de una capacitación docente empezó la discusión. Algunos no estaban de acuerdo con que siguiera dando clases. Una de las maestras renunció. Ella recién se enteró a los seis meses. Tener el documento, dice, fue esencial para que no la echaran.

Ley de identidad de género

A partir de la sanción de la Ley de Identidad de Género, todas las personas que lo deseen pueden “solicitar la rectificación registral del sexo, y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida”. Luego de esta sanción, 1250 bonaerenses cambiaron su sexo y género en el documento. En todo el país fueron 4775, según la Federación Argentina de Lesbianas Gays Bisexuales y Transexuales.

En los años 70 y 80, explica en su tesis Anahí Farji, magíster en Investigación en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, los pedidos tanto para acceder a los cambios de identidad como para intervenciones quirúrgicas eran negados por aberración moral o enfermedad mental. Luego, a fines de los 90, se incorporó el transexualismo como categoría médica en el DSM III, un manual de enfermedades psiquiátricas, y a partir de ese momento los jueces lo empezaron a entender como un trastorno, una patología, y autorizaron algunos cambios, sólo mediando un análisis médico.

“A partir del fallo de Florencia de la V, a fines de 2010, los jueces dejan de pedir peritaje psiquiátrico y médico para otorgar el cambio de DNI. Sólo con testigos que digan que la persona vive en el género que reclama y con la expresión de voluntad de la persona se da el documento”, explicó a La Nación la Licenciada Farji. En 2012 se sancionó la Ley de Identidad de Género, y desde entonces ya no fueron necesarios los informes médicos ni las autorizaciones judiciales: ahora, el cambio de DNI es un mero trámite administrativo.

Pero Diana Sacayán, co-redactora de la ley y secretaria de la Internacional Lesbian Gay Association (ILGA), sabía que no se iba a generar un cambio inmediato en la sociedad. De todos modos la considera una “ley bisagra que nos invita a resarcir el daño que históricamente el Estado ha hecho contra nuestro colectivo: ir generando el contexto para que podamos tener acceso a los derechos políticos, económicos y sociales como todo el mundo”.

La norma, además, abrió el debate en otros países: “En Malta, Colombia, Chile, Dinamarca y el DF de México han aprobado leyes este año siguiendo el modelo argentino”, informó a La Nación el doctor Emiliano Litardo, co-redactor de la ley y miembro fundador de AboSex, una red de activistas jurídicos por la diversidad sexual.

Sin embargo, los cuerpos de las travestis siguen siendo etiquetados como peligrosos, dijo la directora de la Oficina de Identidad de Género y Diversidad Sexual, creada por la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires, Lohana Berkins. “Las instituciones policiales, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, siguen siendo altamente abusivas, violentas, nos siguen poniendo en el rubro de la peligrosidad –aseguró–. Las instituciones religiosas nos siguen viendo como el pecado encarnado y la justicia mira para otro lado”.

¿Por qué aún existen como peligrosas después de una ley que las ampara? El filósofo Santiago Kovadloff explicó: “Las nuevas corporalidades jaquean un concepto de la identidad que tiene un arraigo milenario. En esa misma medida, constituyen un cuestionamiento ontológico: es decir que afecta la comprensión del ser anatómico que se ha tenido hasta hace muy poco tiempo y aún hoy tiene vigencia”.

Quizás por eso Berkins insista con que la ley no les da de comer ni las sustenta. Y en esto, dice, hay un peligro mayor: “La transexualidad se asume entre los 8 y 12 años de edad. Entonces estamos condenando a niñas travestis al mercado prostitucional”.

Monseñor Alberto Bochatey, obispo auxiliar de La Plata y especialista en Bioética, nunca entendió y no le consta que las personas transexuales no consigan trabajo y tengan que prostituirse. “Quizás porque la forma que tienen de expresar su sexualidad es muy manifiesta, se visten exageradamente y hay excesivos colores y pinturas”, dice, aunque ni siquiera su propia respuesta lo convence. “Decir que soy prostituta porque soy transexual es una simplificación muy grande del problema. La realidad de las personas transexuales hay que ver a qué obedece, por qué no hay una identificación de su naturaleza biológica con su experiencia vivencial, psicológica, social. Hay que ver cuál es la causa: por gusto, por placer, por problemas psicológicos o emocionales, por decisión propia. Mucho depende de esa respuesta”, insiste.

Prostitución

“Por qué no podemos ser deseadas, amantes, novias, esposas, y no sólo que se nos consuma en un ámbito prostitucional”, se pregunta Lohana Berkins, una travesti a la que en 2011, el gobierno de la Provincia de Buenos Aires otorgó una distinción como titular de la Cooperativa Textil Nadia Echazú, la primera escuela cooperativa para travestis del país. “Las 60 compañeras que entramos no sólo dejaron la prostitución sino que se pusieron microemprendimientos”, contó orgullosa.

Más allá de este avance, la mayoría de las travestis en Argentina sigue viviendo de la prostitución. “Todavía tienen un promedio de vida muy corto porque la inmensa mayoría vive sumergida en la prostitución, con condiciones de vida mínimas. Es necesario crear la oportunidad de un trabajo legítimo, digno, con capacidad de promover instancias más igualitarias con el resto”, dijo a La Nación la diputada Karina Nazabal, impulsora de un proyecto de ley para crear un cupo laboral para la comunidad trans en el Estado bonaerense.

“A los 13 años cuando fuiste expulsada de tu casa, sos una niña travesti tirada a una ruta del conurbano. ¿Tuviste derecho a decidir?”, se pregunta Diana Sacayán.

Según un estudio realizado por ALITT (Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual), Argentina es el país donde más temprano las chicas trans ejercen su identidad de género: a los 13 años. El 84% de ellas no terminó sus estudios primarios. “La mayoría de las personas trans están en situación del vulnerabilidad social”, dijo a La Nación Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales.

Otros espacios

A la gala de los premios Oscar, Nicolás Giacobone, co-guionista de la película Birdam, llevó a su novia. Durante varias semanas se debatió el mismo tema en los medios: la chica era travesti. “Todavía sigue siendo punible no sólo serlo sino quien diga ´yo amo a una travesti´”, explicó Lohana Berkins. “En los medios de comunicación o muestran las travestis del showbusiness o las muestran en las páginas policiales”.

“Somos noticia por lo exótico, por la extrañeza. Nos encorsetan en lugares donde se nos ridiculiza. No sé qué pasa en el medio que con tanta ley. Cuando estamos en estado de prostitución somos noticia, cuando hay algún escándalo callejero. Nunca en otros espacios”, insistió Claudia Vásquez Haro, la primera inmigrante en lograr que se reconociera su identidad autopercibida antes de la ley.

Claudia vino a Argentina porque su hermana le habló de Cris Miró, una actriz y vedette que  murió –a los 33 años– antes de que Claudia viajara desde su Perú natal. Ella necesitaba una referencia, alguna chica trans que hubiera pasado por la universidad. Cris Miró había estudiado Odontología en la UBA.

El primer día que Claudia entró a la facultad no tenía miedo de entender o no un libro de teoría. Tenía miedo de no poder soportar la mirada de la gente, la discriminación. No durmió en toda la noche. “Hay miradas hasta que matan: algunas son por maldad y otras por ignorancia generalizada”, pensó después.

Cuando entró con su mamá y su hermana al edificio de la calle 4, Claudia les dijo: “Espérenme acá, si en 15 minutos vuelvo es porque soy una fracasada”. Ella vivía su propia película: pensaba que todos la miraban, que quizás tenía un pelo en la cara o que cuando hablara le iba a salir voz de hombre.

Hoy, ya recibida de Comunicadora Social, en el buffet de la facultad cuenta una a una a las chicas trans que estudian en la Universidad Nacional de La Plata. Son seis. Y tres chicos trans. Ese número le parece maravilloso. Habla en el mismo lugar donde se junta con sus compañeras de OTRANS, una organización platense en las que están empadronadas más de 400 travestis. El 95%  de ellas trabaja en la prostitución.

“Yo me subo a un auto con un hombre y no sé si voy a volver viva”, cuenta Carola, de 32 años, que llegó hace siete a la Argentina en situación de prostitución, con el objetivo de juntar plata y llegar a Europa. Allá el cambio les favorece, y así podría mandar dinero a su familia en Perú. Según el estudio de ALITT, siete de cada diez chicas trans vio morir a una amiga travesti en los últimos cinco años.

Despedida

Carola era amiga de Valeria Sangama Shupingahua, una travesti peruana que murió el 11 de junio de 2015. Sus amigas quisieron hacerle la ceremonia en Osácar, una casa velatoria de La Plata por donde han pasado desde ex gobernadores hasta deportistas. Las que están en España e Italia mandaron euros. Cada una de las que vive en la capital bonaerense puso 300 pesos. Entonces lo lograron: por fin podían despedir a una de sus compañeras en el centro de la ciudad y pagar por ello.

El velorio duró toda la noche. Más de ochenta travestis pasaron a despedirla. Sentadas en los sillones de la habitación, algunas de ellas jugaron varias horas a las cartas y a juegos de mesa apostando monedas, tal como lo hacen en Perú, el país de origen de Valeria. Después, le preguntaron a la chica que les servía el café si podían cocinar. Entonces calentaron el guiso de gallina y sirvieron un poco a cada uno de los presentes. Al lado del cajón, el hombre que amó durante 17 años a esta travesti, despedía a su mujer.

La familia de Valeria decidió que la velaran en Argentina porque trasladar el cuerpo hasta su país era muy costoso. Ellos tampoco podían viajar. Sus compañeras de OTRANS sacaron fotos durante todo el velorio. Así los padres y hermanos podrían enterarse cómo fue la despedida.

El estudio de ALITT indica, también, que la expectativa de vida promedio de una persona trans es de 33 años y que las principales causas de muerte son el VIH/sida, la aplicación de silicona industrial (aceite de avión) y los asesinatos. Valeria tenía 33 años cuando murió de sida.

Claudia Vásquez Haro, presidenta de OTRANS, miraba el velorio desde otra óptica. Ese día le preguntó al encargado: “¿Alguna vez tuvo un velatorio de una chica trans?”. La respuesta fue contundente: nunca.

 

Una parte de este reportaje fue publicado en el diario La Nación (Argentina) el 15 de octubre de 2015 tras la muerte de la activista trans Diana Sacayán.

Enlace: https://www.lanacion.com.ar/1836527-transgeneros-a-pesar-de-la-ley-aun-son-una-poblacion-relegada 

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