Pelusa: la vida de un elefante en la ciudad

Pelusa podría haber sido la jefa de su manada. Los elefantes asiáticos, como ella, viven en comunidades matriarcales y recorren juntos miles de kilómetros. Pero su destino fue otro. Lejos de casa. Sin familia, ni nadie que se le parezca. Hace más de 40 años, Pelusa vive sola en un ambiente al aire libre y otro cerrado, que entre los dos suman cerca de 900 m2. Muy cerca, ve seres que le hablan un lenguaje incomprensible: sus cuidadores humanos.

Dicen los especialistas que no podemos equiparar los sentimientos humanos a los de los animales. No podemos decir que un elefante está “contento” o “triste”. Pero hay días que Pelusa se levanta con el pie izquierdo, y eso sus cuidadores lo notan. En cómo los mira: si es con el ojo grande, se preocupan. Si respira fuerte por la trompa, lo interpretan como una especie de furia. La insistencia con la que pide la comida con su trompa y los movimientos de sus orejas son otras de las claves que ellos aprendieron a leer para entender sus sentimientos.

Ellos saben que cuando hay mucho viento se altera. Saben que si la noche anterior se corrieron picadas en el Bosque, al otro día tienen que asegurarse que se haya calmado para poder entrar. Saben que la tormenta y los partidos de fútbol también le molestan. Saben que se excita con el camión de la basura: como nunca tuvo contacto con un macho, siente ese sonido y cree, quizás, que es él.

En 2012, los medios poblaron sus portadas con el oso polar que murió en el zoo de Buenos Aires. Y se preocupan cada dos por tres de ballenas encalladas, pingüinos empetrolados o leones aburguesados y estresados en las jaulas de los zoológicos. ¿Pero qué hay de este mamífero que llega a dar en la balanza unos cinco mil kilos? Pelusa es uno de los once elefantes que son estrellas de zoológicos en Argentina: tres son de la especie africana y ocho, como ella, son de la asiática. Pelusa es el número estelar en el Zoo platense.

Muchos visitantes pagan la entrada y se dirigen en línea recta hacia el ambiente de este emblema. Aunque en las calles 52 y 118 vivan más de 600 animales, la mayoría de las personas que entran al zoológico la buscan primero a ella. La miran levantar tierra con su trompa y tirársela en el lomo, bañarse en su pileta de agua sucia y la ven “bailar”. El espectáculo típico de todo elefante, repetido en películas y más películas de la selva de Disney. No se sabrá si Pelusa está triste o alegre a ciencia cierta, pero sus cuidadores saben que eso que parece una coreo, no es un baile. Ese balanceo, que provoca la gente cuando aplaude o le grita, no es un gesto de agradecimiento o de alegría. “Es una estereotipia, un comportamiento anormal en respuesta hacia algo. Puede ser a partir del estrés o que esté asociado a algún estímulo que se le haya realizado anteriormente. El elefante de Córdoba, por ejemplo, cada vez que escuchaba aplausos empezaba a bailar. Ese es un registro que le quedó del circo. Entonces se prohibieron los aplausos para evitar ese comportamiento”, explica Carla Del Borgo, voluntaria en Elefantes en Argentina (EAR), grupo interdisciplinario del Instituto Jane Goodall Argentina.

“Cuando vienen los jardines y las propias maestras empiezan a gritarle, ella se balancea y eso para mí es estrés”, dice Andrés Defeis, el cuidador de la mañana, que trabaja con Pelusa desde 2009. “La gente que paga la entrada pretende que los animales actúen como en un circo”, opina Leandro Delgado, el cuidador de la tarde, que trabaja en el zoológico hace nueve años.

¿Es la misma de siempre? ¿Es Pelusa?, preguntan los visitantes. Muchas veces, Andrés y Leandro reciben a personas que les muestran orgullosas fotos en blanco y negro con la elefanta. Es que desde el 2 de diciembre de 1968 que este animal vive en el Zoológico. Cuando llegó a la Ciudad era una bebé de dos años que pesaba 400 kilos. Después del viaje que tuvo que hacer desde un parque de Hamburgo, en Alemania, se encontró con que tendría que compartir el ambiente con Kendy, una elefanta asiática, como ella, que murió en 1969.

A dos años de haber llegado, Pelusa ya era una estrella de cine. En 1970 protagonizó “Un elefante color ilusión” con las Trillizas de Oro, Pablo Codevilla y Luis Sandrini.

Pablo Codevilla tenía 15 años y hacía de Jesús Ramírez, un niño chaqueño que vivía en un pueblito con su abuelo. Un día, un avión cayó en la selva y el chico corrió kilómetros y kilómetros para salvar a los caídos. Por tremenda hazaña, viajó a Buenos Aires para salir en un programa de televisión. En el circo de la ciudad conoció a Pelusa, una elefanta de unos cuatro años que tenía a su mamá muy enferma. En el medio de una función, los dueños del circo le dispararon a la madre. Jesús Ramírez, el niño justiciero, corrió en busca de la “pequeña” y a la noche la soltó y se la llevó para liberarla en la selva chaqueña.

“Es una especie de Walt Disney filmada con medios modestos”, opinó en su momento el diario La Nación. Pelusa vendría a ser, entonces, nuestro Dumbo sudamericano.

En esa época, la manera habitual de entrenar a los animales era utilizando ganchos, palas y cadenas. No se sabe exactamente si así la entrenaron para lograr que hiciera las escenas de ese film, pero, dicen desde EAR (Elefantes en Argentina) que es lo más probable: en los años 70, y antes, se consideraba al animal como una cosa que no sufre.

LOS QUE LA CONOCEN

Andrés sostiene un palo de escoba con una maraca roja, lo acerca a Pelusa y ella toca con su frente la punta. Esto se llama posicionamiento. Luego, tres veterinarias le ponen un producto en la pata izquierda trasera para curarle los hongos que tiene hace meses. Cuando el tratamiento del día termina, Pelusa apoya su pata izquierda en la derecha, como haciendo equilibrio, como cruzándose de piernas pero parada, como si algo le molestara. Por este problema ya perdió una uña.

Como premio por el esfuerzo le dan manzana, banana o pan. Si quieren mimarla, sus cuidadores la alimentan con maní, pochoclos o chocolates Bon o Bon.

Pero su juguete preferido no es tan rico: se trata de un tambor de plástico aplastado. Pelusa come cerca de 130kg de fruta, verdura, fardo y pasto verde por día, y duerme desde las doce de la noche hasta las cinco de la mañana. Cuando Andrés llega a verla, a las siete, ella ya está afuera de su casa. Esperándolo.

A la tarde, Leandro le da la merienda y la hace mover. “La idea es, con la comida, hacerla caminar, porque ellos caminan 40km por día, y además así generás un vínculo”, cuenta el cuidador. Hace unos meses también le da turrones con medicación para el hongo de la pata izquierda trasera.

Cuando Nicolás Carro era cuidador, le gustaba ver cómo Pelusa levantaba la trompa para buscar las ramas que él le ponía en la parte alta del tinglado. Al principio ella se cansaba rápido, pero con la práctica lograba llegar a esos premios. Este tipo de ejercicios se llama “enriquecimiento”, y consiste en ayudar a que el animal mantenga algunas de sus cualidades naturales que, por estar solo en un lugar tan pequeño, puede llegar a perder.

“Otra de las cosas que hacíamos era distribuir por todos lados cosas ricas y que queden ocultas a su vista. O ponerle una especie de pelota, de un material plástico muy resistente, y que ella pueda hacer lo que se le antoje con ella. Lo primero que hizo fue patearla y luego pisarla intentando romperla o aplastarla, era muy cómica su cara al ver que no se rompía”, recuerda Carro.

ACCIDENTES

Los elefantes son los mamíferos terrestres más grandes que existen en la actualidad y los animales que en cautiverio más muertes causan a nivel mundial. Pelusa no mató a nadie, pero tuvo sus deslices.

“Hubo cantidad de accidentes, sin ser fatales, pero son accidentes al fin. La lesión psicológica también existe: yo no entro más. Vos lo ves de acá y es grande, pero el contacto directo te cambia la dimensión que es impresionante”, cuenta Martín Levach, otro cuidador del Zoo.

“Si una persona los maltrata o ese día no está de humor, y no está el correcto contacto protegido, lo más probable es que haya accidentes”, explica Carla Del Borgo. Y los hubo. Un día, Martín le quiso tocar la trompa cuando ella estaba comiendo. Pelusa, entonces, lo corrió. Él voló dos metros y cayó parado. Otro día, Martín le quiso sacar una bolsa de plástico que tenía en la boca. Ella le dio un cabezazo. Él, de nuevo, voló.

“Si quiere te agarra, no te suelta y te mata. Ha hecho advertencias: esto me molesta, vos no me gustás”, dice Andrés Defeis, que tuvo que esperar dos años hasta poder entrar al ambiente.

Uno de los accidentes más graves lo sufrió otro cuidador que la conocía hacía muchos años. En este caso, la elefanta le agarró el brazo y lo levantó. Si cerraba la boca, lo mataba. El chico, conociendo el comportamiento del animal, dijo a sus compañeros, que ya empezaban a alterarse, que esperaran, y fue sacando la mano de a poco. Salió ileso.

“A partir de ese accidente dijimos ´no entramos más´. Hasta que nos pusieran este manejo de contacto semiprotegido, como para que si el animal reacciona tengas la posibilidad de correrte y listo. A nivel mundial se maneja con contacto protegido”, explica Martín Levach. Pelusa tiene ahora un espacio al aire libre y una casa con estructuras de hierro que parece un laberinto simple. Esa especie de laberinto permite el contacto semiprotegido.

Desde hace aproximadamente quince años, los zoológicos empezaron a incorporar el contacto protegido. Antes, el entrenamiento era a través de palazos, golpes o quemaduras. Ahora la base está en un nuevo concepto, el de entrenamiento con refuerzo positivo, es decir: si se porta bien, se la mima y se le da comida.

“En los entrenamientos buscamos bases cooperativas, no obligamos al animal. Si quiere coopera con el entrenamiento y sino se va. Y si no quiere me voy yo, para que haya un entendimiento de que el entrenamiento es algo bueno, positivo”, dice Martín Levach.

“Argentina no está preparada para tener elefantes en zoológicos”, continúa el cuidador Levach; “los recintos son muy chicos, teniendo en cuenta que el comportamiento natural es que caminan kilómetros y kilómetros”.

“Muchos elefantes vienen de circos donde los maltratan, y han matado personas por esos maltratos. Entonces cuando va al zoológico llega con problemas psicológicos”, explica Carla Del Borgo. Y coincide con Levach: “En Argentina la mayoría de los zoológicos no están preparados para tener estos animales”.

Para la organización Elefantes en Argentina, del Instituto Jane Goodall Argentina, cuyo objetivo es optimizar la calidad de vida de estos animales en el país, el principal problema es que las instalaciones de los zoológicos llevan ya muchos años, y décadas atrás la idea de estos recintos era sólo mostrar el animal, y no resguardarlo.

Reportaje publicado en el diario El Día (Argentina)
Enlace: https://www.eldia.com/nota/2015-4-25-pelusa-la-vida-de-un-elefante-en-la-ciudad

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